El conserje

Nunca he sido muy listo. Pero, vaya, todos me dicen que tengo mucho sentido del humor. Llevo en Hawthorne desde los años 60. Cuando el aeropuerto no era ni la mitad que el de ahora. Mucho antes de que todo esto se llenara de niños pijos e inmigrantes hiperinteligentes huidos de Frisco y el capitalismo rampante.

-Mis padres nacieron en Baja California. No hablaban ni una palabra de inglés cuando llegaron a Hawthorne con una mano delante y otra detrás -le decía a Julien-. Aún así he votado a Trump.

Julien siempre me acompaña a fumar. Nos sirve a los dos para despejarnos. Así huimos del ambiente de trabajo enfermizo que reina en el complejo.

-Una cosa eran los inmigrantes entonces, y otra muy distinta ahora. Ahora solo vienen delincuentes y narcotraficantes. En la clase de lengua de mi sobrina hubo un tiroteo hace un par de meses. Un ajuste de cuentas entre un coreano y un hindú.

El chico no hace más que escucharme. Abre y cierra las manos, intentando estirar los dedos agarrotados de llevar cafés a los doscientos operarios que intentan que despegue un cohete en el otro extremo del país.

-¿Por qué la sala de control no está en Florida? -le preguntó a Julien-. Es decir, me alegro que la hicieran aquí, en Hawthorne. Me da trabajo y eso es bueno. Pero, en fin, no tiene mucho sentido. ¿Para qué mandar señales a miles de kilómetros al espacio y que vuelvan a bajar en Cabo Cañaveral. ¿Eso no se puede hacer más rápido y barato con unos cables?

-No estoy muy seguro -dice el chico-. Sólo llevo un par de meses en la Universidad. Este trabajo me lo consiguió mi padre para sacar algo de dinero.

Niego con la cabeza. Julien no es más que otro mimado de Silicon Valley. Su padre tendrá una start-up valorada en millones de dólares que en realidad no hace nada. Y él heredará un puñado de acciones que con un poco de suerte se revalorizarán una y otra vez hasta que ya no quede nada.

-Volvamos dentro.

El chico me cede el paso. Empujo el carro lleno de escobas, bayeta y botes con lejía y jabón por el pasillo. A ambos lados se ven despachos vacíos y apagados. En este edificio, hay sensores por todas partes que encienden y apagan las luces si hay alguien en la habitación. Por suerte no detectan el movimiento de las cucarachas.

Repaso las esquinas con la escoba y pasó el paño a la vitrina con recortes de periódico enmarcados que hay al final del pasillo. Una gran puerta doble se abre silenciosa cuando pongo mi dedo en un aparato junto a ella.

No sé cuándo he perdido de vista a Julien.

-Gracias -dice un tipo con gafas tirando un plástico en la bolsa que cuelga del carro. Entro en la sala y un barullo anuncia el éxito de la misión. Veo a Julien al otro extremo con los hombros rodeados por un hombre en camisa y corbata. El hombre tiene unas grandes manchas de sudor en las axilas y levanta el puño al cielo, no para mostrar la camisa sudad sino para celebrar algo.

-Enhorabuena -musita Julien, tímido.

Las pantallas, que un segundo antes mostraban cientos de números y gráficos ininteligibles para mí, empiezan a cambiar. Una a una, se colorean de rojo y azul, de blanco y de negro, hasta que muestran todas la misma imagen.

En la escena, un Tesla Roadster, el automóvil del dueño de la compañía, orbita la Tierra con un maniquí al volante. El rojo de la carrocería contrasta con el negro opaco del fondo y a Tierra azul y verde, surcada de nubes. Todos aplauden ante la imagen. Es tan absurda que parece sacada de una sitcom de dibujos animados para adultos.

Hay un coche en el espacio.

No entiendo nada.

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Mi gran noche

La obra no estuvo mal. Me gusta mucho el teatro, pero lo cierto es que ese intento de mezclar tecnologías contemporáneas no funcionó todo lo bien que debería.

A pesar de eso, Inés y Tomás, se cayeron bien. Los dos fueron los únicos que quisieron ir al teatro benéfico. Varias oenegés se juntaban todos los años y organizaban una obra para recaudar fondos. Siempre la representaban en el salón de actos de algún colegio pijo de Madrid.

-¿Cenamos y tomamos una copa? –preguntó Inés.

Tomás nunca decía que no a algo así; y a mí me pareció bien.

Escribimos a otros amigos que se iban a unir después y los tres juntos fuimos a un bar cerca de casa de Tomás. Inés y la otra pareja que vino, apenas cenaron; mientras Tomás y yo nos zampábamos una hamburguesa.

Hablamos de muchas cosas. Anécdotas que nos habían pasado. Deportes que nos gustaban. Libros. Series. La pareja se fue. Inés y Tomás siguieron hablando, animados por las cervezas, hasta que cambiamos al local de al lado para subir el nivel.

Pedimos un gintonic y dos copas de Red Label con Coca-Cola Zero.

-A mí me cuesta mucho encontrar gente interesante –dijo Tomás.

-A mí también –dijo Inés-. Es que, ¿dónde están los chicos buenos? Mira, con el que estoy quedando ahora, Jaime se llama, …

Inés nos contó una historia que yo ya había oído cuarenta veces. Tomás hizo lo propio con la suya, la relación con una niña pija de la jet set de una ciudad de provincias que estaba en Madrid estudiando. Nada fuera de lo normal.

No me enteré cuándo, pero en algún punto de la conversación, los dobles sentidos cambiaron. Tomás e Inés estaban ligando y no sabía qué hacer para evitarlo. No porque me guste Inés, ni Tomás, sino porque yo ahí era el tercero en discordia. ¿Qué iba a hacer yo si se ponían a besarse?

Había un factor a mi favor, que ellos no habían tenido en cuenta. No estaban a la misma altura. Literalmente. Cuando estaban sentados en la mesa del bar bebiendo una copa no se notaba, pero de pie, la distancia entre sus labios era la misma que separa la Luna y la Tierra. Nadie quiere que la Luna y la Tierra se choquen, sería incómodo.

-¿Vamos a Blue? –dijo Tomás.

-Claro –dije-. Tú nunca has ido ¿no, Inés?

-No.

-Te va a gustar –seguí-. Está llena de pijos.

-Además, creo que podremos entrar sin pagar –dijo Tomás.

Tomás conocía al búlgaro que guardaba la puerta del garito. Estaba cerca de su casa y había ido mil y una noches. Conocía también al gerente y al veinte por ciento de las personas que había cada vez que íbamos.

Anduvimos los tres. Ellos charlando sobre cosas que en realidad significaban otra cosa; y yo, impotente, enviando mensajes de socorro por el móvil.

Pero lo peor estaba por llegar.

Nada más entrar, me encuentro de frente con mis amigas, las gemelas, una detrás de la otra. Como clones. La que tiene novio, con el novio al lado. La que no, sola y contentísima de verme. Justo detrás de ellas, etérea como un ángel y borracha como un demonio, vi a Alicia. Alicia es ella. Quiero decir, todos tenemos una ella, con mayúscula; o un él, vaya.

Alicia fue mi novia durante el tiempo en que se fraguó Podemos. Salí con ella mientras Izal se convertía en mainstream. Casi toda la legislatura de Barack Obama. Estaba con ella cuando España ganó el primer mundial de fútbol y seguía con ella cuando dejamos de ganarlos.

Pero se acabó. A ver, una semana antes, habíamos estado juntos en un concierto. Después de estar con ella durante toda una carrera universitaria, de las largas, las de antes de Bolonia, teníamos dos millones de amigos en común e intereses compartidos. De forma inevitable, acabábamos coincidiendo tomando cervezas en La Latina o en el cumpleaños de alguien. Durante el concierto nos dejamos querer, el uno con el otro. Después, mientras el barco se hundía, un amigo y yo dijimos que nos íbamos a una discoteca y ella se unió. Los tres solos, como Inés, Tomás y yo en Blue.

-¿Por qué viene? –le decía a mi amigo.

-Porque no sé a qué esperáis a comeros la boca –me contestaba.

Después de bailar reggaetón y sucedáneos pop, Alicia y yo cogimos un taxi juntos, porque vivíamos cerca; o eso nos dijimos. Y acabamos paseando y dándonos un fugaz beso en los labios. Tímido y culpable, por miedo y arrepentimiento.

Cuando entramos en Blue y vislumbré a Ali entre las dos gemelas, era la primera vez que la veía (y que hablábamos) desde ese beso traidor.

Ella fingió no verme.

Pedimos una copa, y dejé solos a Inés y a Tomás. Me dirigí a Alicia y le dije:

-Hola, ¿por qué no me saludas?

No tengo mucho tacto. La conversación transcurrió por derroteros que mi cerebro, sabio como él solo, ha eliminado del disco duro. Sé que hablamos de lo que pasó, pero no de lo que podría pasar. Hablamos de la soledad y no de la compañía.

El despiste de mi corazón tuvo consecuencias funestas. Al rato, me interrumpió una vieja amiga del grupo. La causante de todas las desgracias de la década y, al mismo tiempo, a la que más aprecio. La echo de menos más desesperadamente que a Alicia. Me dio un abrazo, casi apartando a Alicia.

-Te quiero, pero espera un momento –le dije.

La lágrima que asomaba en los ojos de Alicia y las miradas inquisitoriales de las gemelas le dieron toda la información que necesitaba. Ella tiene más tacto.

Al separar mis ojos de las pupilas marrones de Ali, pude ver como la Tierra y la Luna se habían chocado. El cataclismo, posible gracias a un taburete de un metro, estallaba ante mis ojos. Hay cosas que, o las ves, o no las crees. Y que cuando las ves prefieres no creerlas.

-Y, ¿ahora qué hago yo? –dije.

Me despedí de Alicia, jurando para mis adentros que le mandaría la primera y última carta de amor que le escribiría. Saludé con la cabeza a Tomás e Inés y fingí una sonrisa. Las traiciones pasan mejor sin lágrimas.

Me quedé solo, aunque como le había dicho a Alicia, es peor sentirse sola.

Cogí un taxi y le indiqué la dirección de mi casa. Se había acabado. Y ahora teníamos una relación normal. Nos habíamos querido, nos habíamos odiado y si nos encontramos seríamos cordiales y amables el uno con el otro, preguntándonos qué tal la vida. Todos andamos con alguna duda a rastras.

No recuerdo dormirme aquel día.

Tampoco recuerdo despertarme.

*                     *                       *

Reto 02: ¿Recuerdas tu peor noche? Cuéntala desde el principio hasta el final.

Media Naranja

No puedo más.

Seguro que conocéis esa sensación de estar exprimida.

Exprimida hasta el final. Exprimida como exprime un gobierno. Esa sensación de tener la piel tan fina como la capa de ozono sobre el polo y llena de colgajos a modo de estalactitas. O estalagmitas, que las confundo igual que confundo Colombia y Venezuela.

La cocina se me viene encima. Los azulejos del siglo pasado que cuando alquilamos me parecían tan adorables, ahora me parecen una rémora del franquismo. La lámpara del techo que dije que era kitsch, ahora me resulta intrascendente.

Seguro que alguna vez habéis acabado odiando aquello que más amabais.

Mi marido, que está en el salón, me dice:

-María, tráeme una naranja

Hace un par de meses que no pronuncio su nombre. Sin embargo, todos los días discutimos sobre la pesada de Eugenia, el tonel que tiene por madre. Parece que yo soy la sustituta de su madre. Claro que se lo estoy poniendo en bandeja. Como la naranja.

Seguro que alguna vez hacéis cosas que en verdad no queréis sin daros cuenta que las estáis haciendo.

El móvil vibra, divertido, desde la encimera. Una luz verde ilumina la pantalla y tres mensajes de Paula adornan la pantalla.

“Ahora la contesto.” Pienso.

-¿Te la pelo? -pregunto.

Seguro que alguna vez habéis comprado algo que no necesitabais porque estaba de moda.

Abro el armario que hay justo encima del fregadero y cojo un plato. Cuando compré en Ikea la vajilla, creía que estaba a la última. Igual que cuando me ponía pantalones campana en el instituto. Pero las modas cambian tanto como el tiempo meteorológico.

Oigo la televisión. Mi esposo está haciendo zapping. Recorre en bucle los canales de deportes buscando algo que ocupe su mente, cosa que no es muy difícil. Sin darse cuenta, el click-click de los botones del mando marca un pequeño ritmo y me acuerdo de una canción de Cecilia que le gustaba a mi abuela.

Seguro que alguna vez habéis deseado escapar.

Mi teléfono despierta de nuevo. Paula insiste:

“Quiero que vengas ya. No puedo más.” Escribe.

-Vale -dice mi marido.- Pero tráeme una naranja.

Se ríe.

“Estoy desenado verte y no salir ni de tu cama ni de entre tus piernas en toda la noche.” Escribo yo.

Seguro que alguna vez habéis saboreado el sabor dulce de la venganza.

Sabe como a naranja recién exprimida, llena de pulpa y un poco ácida.

Tengo que contarle lo de Paula.

*                     *                       *

Reto 01: El argumento de tu relato es tu chiste preferido.